Orgullo, intimidad y tranquilidad: estas son las tres cosas que no dejan de pasarme por la cabeza mientras empiezo a escribir esto, relajada en mi primer piso. Me llamo Kiara Hedglin, tengo 26 años, padezco una discapacidad del desarrollo llamada parálisis cerebral y soy una (nueva) y orgullosa residente de Arboleda, en Walnut Creek, California. Al igual que muchas personas con discapacidades físicas importantes que utilizan silla de ruedas, me enfrento a retos diarios de los que la mayoría de la gente nunca tiene que preocuparse; pero me he propuesto no dejar que nada me frene, ¡y mi reciente mudanza ya me está dando fuerzas para soñar a lo grande! Hasta hace poco, al contar con unos ingresos extremadamente limitados, me veía obligada a vivir en una vivienda compartida con muchos compañeros de piso a un coste muy elevado. De hecho, casi el 80% de mis ingresos totales se destinaba al alquiler de una sola habitación. Eso no me dejaba mucho para comida, ropa, ocio… en realidad, para nada. El resultado fue que tuve que dejar mi vida y mis sueños en suspenso mes tras mes, año tras año, solo para mantener un techo sobre mi cabeza. Gracias a la ayuda que he recibido a través de SAHA y HOME, el coste de mi piso (sí, mi piso) se ajusta ahora a mis ingresos. Tengo comida en la nevera, puedo comprarme la ropa que me gusta e incluso salir de vez en cuando con amigos. En definitiva, siento que ya estoy empezando a llevar una vida más normal, en lugar de limitarme a sobrevivir a duras penas.
Dejando a un lado el dinero, ¡ni siquiera puedo empezar a describir lo que se siente al tener por fin la llave de mi propia vida! Depende de mí quién entra, quién sale, adónde voy y qué hago. Puedo hornear, limpiar, hacer colchas, cocinar y estudiar cuando me apetezca; sí, ¡ya me he matriculado de nuevo en la universidad para terminar mi grado! Para quienes no se enfrentan a los retos diarios que supone una discapacidad, estos hitos suelen llegar simplemente al alcanzar una determinada edad. Para mí, todo empezó el día de la mudanza, cuando recibí la llave de mi puerta principal, la capacidad de controlar de verdad mi vida cotidiana. En definitiva, al conseguir mi primer piso, siento que no solo abrí la puerta de mi casa y entré rodando en mi salón.
Siento que por fin he entrado de lleno en la edad adulta.